Bueno, lo que vais a leer a continuación es lo que espero sea el comienzo de una novela, que por primera vez pienso terminar... Cuando escribo me pasa que al llegar a cierto punto no se como seguir, o lo voy dejando poco a poco, o no tengo tiempo, etc... Ahora tengo mas tiempo libre, y espero que mas fuerza de voluntad, así que lo terminaré! Espero que me deis vuestra mas sincera opinión (sin destrozarme mucho, porfa) de que os parece, porque aunque me gusta escribir desde que aprendí a hacerlo no sé ciertamente si se me da bien y muy poca gente a leído mis escritillos... Deseo que os guste :-)
La Dama del Viento
Kaysha notó la energía fluyendo por sus venas, por fin había alcanzado el estado de concentración necesario para realizar su magia.
Se encontraba en una mazmorra de gruesas paredes de piedra y una puerta de hierro macizo le cerraba el paso.
Ella estaba en la primera fase de su entrenamiento y su maestro llevaba una semana poniéndola a prueba. Una de las cosas importantes que debía aprender era a sacarse por sí misma de situaciones comprometidas, y Shaenin, su tutor pensaba que la única forma de hacerlo era viéndote en esas situaciones con el mayor realismo posible.
Realismo si, ¡y de que manera! Tres días atrás Kaysha estaba arrodillada junto al río Tereth y cuando vio el reflejo de Shaenin en sus aguas ya fue demasiado tarde. Su maestro la agarró por el cuello con un brazo y con el otro le puso una bolsa de tela cubriéndole la cabeza, de nada servía resistirse. De esta manera la había conducido a la prisión de la que ahora debía escapar para superar la prueba.
Tres días y tres noches llevaba Kaysha en aquel horrible lugar, sin comida ni agua, y peor aún, sin un sólo agujerito por donde pudiera pasar un rayo de sol. Esto era lo mas importante para que ella pudiera realizar sus hechizos, la naturaleza le inspiraban y la llenaba de energía, y aunque Kaysha ya había aprendido que podría sustraer energía del planeta en cualquier lugar donde se encontrara, aún no era capaz de hacerlo en sitios tan lóbregos.
- Ya entiendo- pensó.-no sólo quiere que sea capaz de escapar, quiere saber si soy capaz de ver la luz entre tanta oscuridad.
El tiempo que llevaba sin comer ni beber la había debilitado físicamente, pero en su cabeza era ahora cuando las cosas empezaban a marchar como ella quería. Le fastidiaba que necesitase tanto tiempo para conseguir extraer la energía de un sitio tan oscuro y muerto. -Si estuviera al aire libre habría realizado ya mil hechizos- se lamentó.
Pero empezaba a sentirlo, ¡y menos mal! porque aunque era capaz de aguantar mucho mas que cualquier humano, sabía que su maestro no la sacaría de ahí a no ser que estuviera al borde la muerte y hasta que llegara ese momento podrían pasar semanas.
-¡Al fin!- se felicitó, una bola de fuego llameaba con fuerza entre los dedos de su mano derecha, - ahora sólo falta encontrar el hechizo adecuado.
Lanzó la bola contra la cerradura, ansiosa por ver como se derretía, pero al disiparse el humo seguía ahí, como si tal cosa. - Era de esperar. Bueno, supongo que tendré que ser mas ingeniosa- suspiró.
Se sentó delante de la puerta, sin preocuparse de manchar el mágico vestido que lucía, heredado de su madre. Cerró los ojos y se concentró cuanto pudo, mentalmente visualizó la puerta, se centró en la cerradura, la escrutó por dentro, atravesándola, creando una imagen clara de cómo debía ser la llave que la abriera.
Una vez tuvo la imagen clara en su mente buscó, a tientas por el suelo una piedra adecuada. Cogió una que consideró que tenía las medidas oportunas, se sentó de nuevo frente a la puerta con la piedra en las manos y se puso a trabajar.
La energía fluía ahora sin problemas, la llevó de su corazón a su mente para impregnarla de la imagen de la llave y luego corrió rauda por sus brazos hasta llegar a la punta de sus dedos y envolviendo con fuerza a la piedra, que se elevó de sus manos quedando suspendida en el aire dentro de un aura blanca, al poco iban cayendo trocitos de piedra.
El proceso duró unos minutos y cuando el aura desapareció, lo que cayó en las manos de Kaysha ya no era una piedra, si no una pesada llave que le instaba a hacer su trabajo, abrir por fin la dichosa puerta.